Libros Proféticos

     1. INTRODUCCIÓN

   Los Profetas forman la segunda parte o división de la Biblia Hebrea, y va entre la Ley, que es la primera sección, y los Escritos, que es la última. En el canon hebreo, los libros de los Profetas aparecen subdivididos en dos grupos: los «Profetas Anteriores» y los «Profetas posteriores».
   Los libros de Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes son los «Profetas anteriores», y corresponden a lo que llamamos «libros históricos». Los libros de Rut y 1 y 2 Crónicas, que para nosotros también son parte de este grupo de libros, aparecen entre los Escritos, es decir, en la tercera parte del canon hebreo.
  Los «Profetas posteriores» son los que comúnmente llamamos «Profetas». Aquí están incluidos Isaías, Jeremías y Ezequiel, que son los tres «profetas mayores», y «el libro de los Doce», que incluye de Oseas a Malaquías. El Libro de los Doce también es conocido como «profetas menores». Los términos «mayores» y «menores» tienen que ver con la extensión del libro, no con la importancia del profeta o del contenido del libro.
  En la Septuaginta, traducción griega del Antiguo Testamento (AT) que data de antes de Cristo, así como en la mayoría de las traducciones de la Biblia en español, los libros de Lamentaciones y Daniel aparecen entre los profetas. En la Biblia Hebrea, esos dos libros se incluyen entre los Escritos.

     2. ¿QUÉ ES UN PROFETA?

   Tanto las evidencias arqueológicas como las referencias bíblicas (2 R. 10:19) demuestran que los profetas tenían un papel importante en muchas culturas del mundo antiguo. Lo mismo se aplica también a los profetas hebreos del AT.
   Hoy día, en general, se considera que un profeta es una persona que puede prever el futuro. Con los profetas bíblicos era diferente. Aunque ellos también anunciaban lo que sucedería en el futuro, éste no era el aspecto más importante de sus actividades. Fundamentalmente, un profeta estaba al servicio del pacto que Dios había hecho con su pueblo.
   Nuestra palabra «profeta» viene de una palabra griega que alude a alguien que habla en palabras para designar a un profeta: «varón de Dios» (1 R. 17:18,24), «profeta» (1 R. 13:11) y «vidente» (1 S. 9:9-11). La palabra «vidente» sugiere una persona que logra ver o discernir lo que otros no pueden ver. Con el paso del tiempo, y como lo demuestra el pasaje de 1 S. 9:9-11, el término preferido llegó a ser «profeta».
  El término hebreo para profeta (nabi) se origina, al parecer, en una palabra acadia (de la antigua Mesopotamia) que significa «llamado». No está muy claro si el término hebreo es pasivo («alguien que es llamado por alguien») o activo («alguien que llama a alguien»). Para saber más acerca de lo que hacía un profeta bíblico, es necesario leer los propios textos bíblicos, comenzando por Dt 34:10-12, donde se habla acerca del profeta Moisés.

     3. EL PAPEL DEL PROFETA

   En dos pasajes del Éxodo (4:14-16 y 7:1-12), Moisés apararece como alguien que representa a Dios, mientras que Aarón, el hermano de Moisés, hace el papel de profeta, es decir, habla en lugar de Moisés. Moisés escoge las palabras, y Aarón habla. En esos pasajes, un profeta es alguien que habla a los demás en nombre de Dios.
   Algunos pasajes del AT (1 S. 3; Is 6; Jer 1:3-9; Ez. 2 y 3; Am. 7:14-15) nos muestran a profetas que reciben un llamado especial de Dios. Los profetas estaban seguros de que las palabras no eran sus propias palabras, sino una revelación de Dios. (1 S. 3:19-21; 1 R. 22:19; Jer 1:9; Am 1:3; 3:7). En los primeros tiempos, muchas veces los profetas tenían experiencias «extáticas», es decir, entraban en un estado de éxtasis (1 S. 10:10,13). Esas experiencias eran atribuidas al poder del Espíritu de Dios (Nm 11:24-29; 1 S. 19:19-24). Pero también algunos profetas que vinieron tiempo después afirmaban que el Espíritu de Dios estaba en ellos o los dominaba, y que les daba poder (Ez 2:2; 11:5; Miq. 3:8)

     4. LA PROFECÍA EN EL ANTIGUO ISRAEL

   Varios personajes importantes de AT fueron llamados profetas: Abraham, Moisés, María (hermana de Moisés), Débora, Samuel, Natán, Elías, Eliseo. Junto a ellos aparecen profetas menos conocidos, como Micaías hijo de Imla, Gad, Ahías de Silo, Semaías y Hulda.
   Deuteronomio considera a Moisés como el mayor de los profetas de Israel, y entiende que con Moisés se inició el movimiento profético (Dt. 18:15; 34:10-12)
   Le sigue en importancia Samuel (Jer 15:1), el último de los jueces de Israel. A Samuel se le encuentra en un período de transición. En su tiempo, el pueblo de Israel aun estaba organizado conforme a una estructura tribal, poco centralizada. Ésa había sido su forma de organización política durante dos siglos, desde la entrada del pueblo en la tierra de Canaán (Josué y Jueces). Pero fue también en el tiempo de Samuel (entre 1030 y 1010 a.C.) cuando comenzó la monarquía, que era una forma muy diferente de organización. Por orden Dios, Samuel ungió a Saúl como el primer rey de Israel. Al mismo tiempo, advirtió al pueblo en cuanto a los riesgos que corrían al pedir un rey (1 S. 8:11-18). Cuando Dios rechazó a Saúl (1 S. 15:10-34), Samuel ungió a un nuevo rey (1 S. 16:-1-13).
   Después de eso, los profetas estuvieron siempre relacionados con la monarquía. Algunas veces hacían el papel de consejeros de los reyes; otras veces, criticaban duramente lo que los reyes hacían. Tal fue, por ejemplo, el caso del profeta Natán, quien transmitió al rey David la promesa de que su descendencia real nunca tendría fin (2 S. 7:11-17; 1 Cr. 17:11-15), pero quien también lo condenó por su adulterio con Betsabé y por el asesinato de Urías, el marido de Betsabé (2 S. 12:1-15). Fue el mismo Natán quien usó su influencia para garantizar que Salomón llegara a ser rey después de David. (1 R. 1:11-40). Cuando quedó claro que el reino se dividiría en dos, el profeta Ahías de Silo ungió a Jeroboam como primer gobernante en el reino del norte, Israel (1 R. 11:29-39). Más tarde, un profeta desconocido de Judá reprendió a Jeroboam por los dos toros de oro que él mismo había ordenado construir para ser adorados en Bet-el (1 R. 12:32-13:32).
   Largas secciones de los Libros de Reyes indican un gran florecimiento de la profecía en el reino del norte durante el siglo IX a.C., comenzando con el reinado de Acab (874-853 a.C.). Los profetas más notables fueron Elías (1 R. 17 al 19:21) y su sucesor Eliseo (2 R. 2 al 9; 14:14.21), quienes se opusieron al culto de Baal y de Asera, y denunciaron a los profetas que decían hablar en el nombre de esas divinidades. Esos relatos demuestra que los profetas no sólo combarían la adoración de ídolos, sino que también ayudaban a deponer una dinastía o descendencia real considerada tan corrupta que ya no podía ser reformada. Además, estaban involucrados en asuntos de Estado para defender a los ciudadanos desprotegidos contra los abusos de parte del rey y, a veces, llegaban a intervenir en la política de las naciones vecinas.
   Muchos profetas de aquel tiempo son anónimos, es decir, no sabemos ni cómo se llamaban. Pertenecían a grupos conocidos como «hijos de los profetas» (2 R. 2:3-5). Esos grupos de profetas ya existían en el tiempo de Samuel (1 S. 10:5-13). Parece que Elías y Eliseo aprobaban y apoyaban a esos grupos (2 R. 2:3-18 / 4:1 y 38 / 5:22 / 6:1). En otras ocasiones, sin embargo, profetas como Micaías hijo de Imla se opusieron, con gran sacrificio personal, a grupos de profetas que servían al rey y que también decían que hablaban en nombre de Dios. El ejemplo de Micaías demuestra que formar parte de uno de esos grupos no era, en sí mismo, garantía de que alguien dijera la verdad (1.R. 22:1-29 / 2 Cr. 18:2-27).
   A mediados del siglo VIII a.C. sucedió algo nuevo en el desarrollo de la profecía israelita. Ese hecho coincidió con el surgimiento del Imperio Asirio, el cual vino a dominar toda la región. Por primera vez, los mensajes de los profetas fueron puestos por escrito. Con eso se inicia período de los «Profetas Posteriores», los cuales son a veces llamados también «profetas escritores»; «profetas clásicos» o «profetas canónicos».
   Los profetas presentaban ante los líderes y el pueblo una realidad central: Dios había escogido al pueblo de Israel y había hecho un pacto con él. Dios amó a ese pueblo, lo protegió y le enseñó lo que quería que hiciera. A tales privilegios correspondía el compromiso de honrar al Dios que los había escogido y mostrar consideración para con las personas entre la cuales vivían. A pesar de que el asunto específico abordado por un profeta podía ser el culto, la justicia social, la práctica de la verdad en las palabras y hechos, la idolatría o la corrupción, la cuestión central lo expresado en el pacto hecho con Moisés en el monte Sinaí.
   Los profetas debían ser rechazados si conducían al pueblo a seguir a otros dioses o si hacían predicciones que no se cumplían (Dt. 13 / 18:9-15). Un gran problema, a lo largo de todo el AT, fue cómo descubrir la verdad en un caso en que dos profetas, que decían hablar en nombre de Dios, anunciaban mensajes contradictorios. La prueba de tiempo por sí misma no era suficiente, especialmente cuando los oyentes del mensaje profético tenían que esperar toda una vida para su cumplimiento (Jer. 28).

     5. LOS LIBROS DE LOS PROFETAS

   Todo parece indicar que, al principio, los mensajes de los profetas eran mensajes orales que pronto fueron puesto por escrito, ya sea por separado o en pequeñas colecciones. El caso de Jeremías deja ver esto con claridad, como se observa en Jer 36.
   En otras ocasiones, el mensaje se ponía por escrito, como una medida de emergencia, cuando el profeta no podía anunciar personalmente el mensaje. Am 7:12 y Jer 36:4-6 tal vez se refieran a casos de este tipo.
   A veces el poner una profecía por escrito podía tener el propósito de autentificarla con referencia al futuro. Is 20:8 y Jer 30:1-3 pueden ser ejemplos de ellos.
   En última instancia, habrá sido necesario preservar las profecías en aquellos casos de un inminente desastre político o militar. Esto explica porqué las primeras profecías escritas datan de la invasión de asiria, en el siglo VIII a.C.

     6. GÉNEROS LITERARIOS EN LOS LIBROS PROFÉTICOS

   Los libros proféticos contienen una gran variedad de géneros literarios. Entre ellos pueden mencionarse los siguientes: Visiones (Am. 7:1); mensajes de juicio y de salvación dirigido al pueblo de Dios; mensajes de juicio contra naciones extranjeras (Jer 46 al 51 / Ez. 25 al 35); pasajes a manera de juicio en un tribunal (Miq. 6:1-5); lamentos fúnebres (Is. 6 / Jer 1 / Ez 1-3), y relatos de acciones simbólicas (Jer 13:1-14 / Ez. 5:1-4).

     7. LA HISTORIA TRAS LA PALABRA PROFÉTICA

   Los libros proféticos deben ser estudiados dentro de su contexto histórico. Las introducciones que esta Guía de Estudio aparecen en cada libro que tratan de mostrar, en la medida de lo posible, las circunstancias históricas que dieron origen a cada uno de estos escritos. Muchas veces, el versículo inicial de un libro bíblico suministra datos acerca de su contexto. En su forma más extensa, esos encabezados contienen el nombre del profeta y afirman que los mensajes en el libro provienen de Dios, o dicen a quién van dirigidos y narran algo acerca del contexto histórico (Is. 1:1 nota; Os 1:1 nota). Sin embargo, hay seis libros de los profetas menores (Joel, Abdías, Jonás, Nahum, Habacuc y Malaquías), en los que prácticamente no se tienen más que el nombre del profeta. En tales, casos el contexto histórico queda indefinido y tiene que determinarse de alguna otra manera.
   El contexto mayor de los mensajes de los profetas es el de los tres imperios sucesivos que dominaron el Cercano Oriente durante los siglos VIII al IV a.C.: el Imperio Asirio, el Babilónico y el Persa:

  • El período babilónico ~ Nahum, Habacuc y Sofonías profetizaron durante el siglo VII a.C. El libro de Nahum anuncia la caída de Nínive, capital del Imperio Asirio. Eso acontecería en 612 a.C., lo cual marcaría el fin del período asirio. Habacuc pregunta hasta qué punto es justo un Dios que tolera la crueldad de los babilonios. Sofonías protesta contra las injusticias cometidas en Judá, probablemente poco antes de las reformas realizadas por el rey Josías hacia el año 621 a.C. Jeremías también pertenece al período babilónico: profetiza entre el final del siglo VII y el inicio del siglo VI a.C., y da testimonio de la destrucción de Jerusalén y de la derrota de Judá en 586 a.C. Abdías, en la misma época, protesta contra la nación de Edom, la cual apoyó a los babilonios durante la destrucción de Jerusalén. También en el siglo VI aparece el profeta Ezequiel, quien dirigió a sus mensajes a los cautivos en Babilonia. Los cap. 40-55 del libro de Isaías tienen presente la situación del pueblo de Judá, que estaba prisionero en Babilonia, antes de que Ciro, rey de Persia, publicara el decreto que permitía su regreso a la tierra de Israel, en 538 a.C. Los cap 56-66 de Isaías presuponen un contexto en el cual los israelitas están de regreso en su tierra, aproximadamente en la época de la reconstrucción del templo, en 515 a.C.
  • El período persa ~Hegeo y Zacarías pertenecen al período persa. Alrededor del año 520 a.C, ellos iniciaron la misión de animar el pueblo de Judá a reconstruir el templo. Por lo general, se sitúa a Malaquías a mediados del siglo V a.C., poco antes de las reformas de Esdras y Nehemías. En cuanto a la fecha de Jonás y Joel, los estudiosos no concuerdan entre sí.
  • El período de los profetas termina entre 500 y 400 a.C. Después de ese tiempo, y hasta el nacimiento de Jesús, durante unos 400 años no hubo profetas en Israel. Eso no significa que no hubo quien predicara y enseñara. Los mensajes de los profetas eran predicados y presentados siempre con un enfoque nuevo, aunque los libros que narran los acontecimientos de esa época no llegaron a formar parte del AT tal como lo conocemos.

     8. VISIÓN PARTICULAR DE LOS PROFETAS

   Los profetas poseen una característica muy especial. Se hallan fuertemente ligados al presente en que viven. Para comprender a los profetas es necesario, en la medida de lo posible, saber concretamente qué es lo que sucedía en los días en que fueron llamados a predicar en el nombre de Dios. Ellos siempre dirigían sus mensajes, en primer lugar, al pueblo que vivía en su época.
   Al mismo tiempo, los profetas son aquellos que, por un don de Dios, logran distanciarse de la situación en la que se encuentran. Ellos preguntan acerca del pasado, o lo que Dios hizo en la vida de su pueblo en el pasado, y de allí toman lecciones para el presente. Son, además, llevados a preguntarse por el futuro. Y también del futuro toman lecciones para el presente. De modo que los profetas son aquellos que viven en el pasado, y en el futuro, de Dios con su pueblo y con todo el mundo. Pero precisamente por esto son también las personas que mejor logran mirar el presente. El momento presente se ilumina con las luces que vienen del pasado y de futuro, y de allí capta su sentido.
   Cuando en el presente el pueblo es infiel e idólatra, y sus líderes son avaros y corruptos, los profetas les recuerdan que en el pasado Dios hizo un pacto con ese pueblo después de liberarlo de la esclavitud, y que ese pacto se basa en el amor y en la justicia. Cuando la situación presente es de desesperanza, el profeta lleva al pueblo a acordarse del Dios que los salvó en el pasado y que, aún cuando no puedan ver su rostro, los sigue amando. El profeta los anima a vislumbrar un futuro en el que Dios les mostrará una vez más su rostro y los salvará.
   Así son los profetas. Nos aleja de nuestro presente y de sus limitaciones, para hacernos ver el pasado y el futuro. Y entonces, nos vuelven al presente, para que lo veamos a la luz de ese pasado y de ese futuro de Dios con su pueblo y con todo el mundo. Así el presente, al ser abrazado por el pasado y el futuro, cobra sentido y significación. Y en ese abrazo terminamos por descubrir que es Dios mismo quien nos abraza en nuestro momento presente y quien nos conduce por la vida y por la historia.

     9. LIBROS Y CAPÍTULOS



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